Archivo de septiembre, 2011

“El presente es aburrido”

Jueves, septiembre 15th, 2011

El afiche lo dice todo: un hombre camina relajado por el borde del Río Sena, bajo un cielo pintado al más puro estilo Van Gogh. Se trata de Owen Wilson, el escogido de Woody Allen para su última cinta, “Medianoche en París” (Midnight in Paris, 2011). Gil Pender, su personaje, es un escritor in progress que acompaña a sus suegros en un viaje de negocios. El arranque de la película es un ejercicio conocido en el mundo de Allen: diálogos neuróticos de una burguesía que sufre de insatisfacción crónica y que ve París como un museo que hay que mirar, antes que vivir. Una noche, cansado de la frivolidad e insensibilidad de su novia con la Ciudad de la Luz, Pender decide caminar hacia el Hotel, trayecto en el cual se pierde. Varado en una esquina, acontece lo increíble: es invitado a subir a un coche de los años ’20 que lo lleva a algo más que a una fiesta de época. Allí comienza a hacer amigos, siendo los primeros, Scott y Zelda Fitzgerald, dos escritores que sólo conocemos gracias a la máquina del tiempo de Gutenberg. Cada vez que vuelve a esa esquina, es recogido por alguna celebridad, profundizando cada vez más en esta experiencia trans-temporal, incluyendo un parisino affaire con Adriana, amante de Picasso. Con ella, no sólo pone en duda su neurótica decisión de casarse, sino que logra saltar aún más lejos en el tiempo, siendo invitados a subir a una carroza de fines del Siglo XIX. Es con ella también con quien Pender sostiene el mejor diálogo de “Medianoche en París” y que intento resumir a continuación: el presente es aburrido. Siempre vemos el pasado como un tiempo mejor y añoramos los días en que vivían los artistas que encontramos en los libros. Si viajáramos en la historia y llegáramos de pronto a los años ’20 de París no podríamos reponernos del shock de felicidad. Es lo que le sucede a Gil cuando toma conciencia de que está compartiendo una copa con Hemingway, Dalí, Buñuel y Man Ray. Pero si ese fuera nuestro presente, pronto añoraríamos una época anterior, la Belle Époque, por ejemplo. Y disfrutaríamos de la conversación con Tolouse-Lautrec, Gauguin o Degas, en una mesa del Maxim’s. Pero nuevamente, si ese fuera nuestro presente, querríamos saltar al Renacimiento, y codearnos con artistas de la época tales como Leonardo y Miguel Ángel. Y así sucesivamente hasta agotar la historia. Porque el presente es aburrido y sabe a ansiolíticos.

“Moon”, ciencia ficción al estilo Kubrick

Martes, septiembre 13th, 2011

Por estos días se exhibe en los cines chilenos la segunda película de Duncan Jones, “Ocho minutos antes de morir” (Source Code), un efectivo film que en un relato no lineal y con recursivos desplazamientos temporales cuenta la historia de un soldado norteamericano al que se le asigna una peculiar misión para salvar vidas.

Pero no es a esta película que quisiera dedicar estas líneas, sino que se trata de una anterior, “En la Luna” (Moon), ópera prima del director que tuvo hace un par de años una buena recepción en el público y la crítica especializada, al punto de ser premiada como la mejor película británica independiente de 2009 (Best British Independent Film). Aunque algunos reviews van muy lejos al equipararla con “2001, Odisea del Espacio” de Kubrick, la película tiene méritos suficientes como para formar parte de una colección de buenas entregas de ciencia ficción.

“Moon” integra trajes espaciales, bases lunares, interfaces digitales y comunicaciones de video en la vida de un solitario minero del futuro cuyo contrato de tres años enviando Helio 3 a la Tierra, comienza a complicarse biológica y existencialmente. Sí. Porque aunque la película propone en algún momento como eje argumental el delirio, vértigo y estrés extremo que significa estar a 250.000 millas de la Tierra, esta no apela a la lucha de un astronauta contra la locura (recordemos a Keir Dullea en 2001 de Kubrick, en schock por encontrarse con su sí mismo anciano) sino que en realidad se trata de un problema de clonación en el ensamblaje humano de una empresa espacial. Este empleado lunar, no es exactamente un “individuo” sino que es parte de un grupo de clones en el que se encuentra repartido el yo de Sam Bell (Sam Rockwell en su mejor papel), con recuerdos, sentimientos y recriminaciones incluidas. La fórmula de los “implantes de memoria”, ya vista en Blade Runner (Ridley Scott, 1982), funciona a la perfección en cuanto es la que permite entender la ecuación dramática que se propone para este personaje homogéneamente multi-polar.

“Moon” podría ser considerada una película “lenta”, con algunas deficiencias de ambientación que juegan en contra. Sin embargo, logra generar un suspenso de factura independiente, que prescinde de pirotecnia innecesaria y efectista. La música de Clint Mansell y la voz de Kevin Spacey como GERTY, una especie de HAL 9000 pero emocionalmente más inteligente, aportan también a la generación de una atmósfera psicológica donde queda claro que la ciencia ficción no se trata de exploradores espaciales que disparan balas láser y que trabajan en equipo con mascotas de dos metros de alto. Se trata más bien del desenvolvimiento de ideas eclécticas, basadas en posibilidades remotas y otras no tanto, proyectables desde la ciencia y la tecnología, de un futuro que hoy nos parece sofocante pero que deja entrever soluciones radicales a las crisis del proyecto civilizatorio en la Tierra.

La Revolución de los Simios

Lunes, septiembre 5th, 2011

Suponer un futuro del mundo en el que en lugar de seres humanos sus habitantes son simios pensantes y hablantes ha sido una de las ficciones más perturbadoras de la pseudociencia en 35 milímetros. Desde esas ochenteras “tardes de cine” en la que vimos la versión de Franklin J. Schaffner, hasta las más recientes entregas de “El Planeta de los Simios” – como la de Tim Burton-, las series y películas dedicadas al tema han dejado la sensación de que algo muy bizarro puede convertirse en una historia de particular magnetismo.

En esta nueva versión, de la mano de Rupert Wyatt, El Planeta de los Simios (R) Evolución (Rise of the Planet of the Apes) apela al origen de todo, al desastre científico que causó esta particular inversión de papeles, en el que los humanos serían subyugados por nuestros supuestos ancestros genéticos. Un experimento para curar el Alzheimer y otras enfermedades cerebrales termina siendo una intervención descontrolada sobre la naturaleza, al gatillar la inteligencia de los simios de laboratorio y por tanto, su sublevación que, como queda sugerido en la precuela, sería sin límites y acompañada de la extinción de la raza humana tal como la conocemos hoy.

La película, apela a varios clichés muy conocidos como la obsesión científica, la debacle de la razón instrumental, el potencial caos de la biotecnología, el abuso contra los animales y la perversión implícita que convella una conciencia dotada de inteligencia, entre otros. Sin embargo, una gama de buenos efectos especiales, una triangulación eficiente del protagonista – que prácticamente no habla – y un flujo narrativo aceptable le otorgan un espacio bien ganado en la saga de planetas simiescos que ya es parte de la historia del cine.

Inolvidables serán las escenas de un ejército de primates revolucionados y liderados por un carismático “César”, aplanando las calles de San Francisco y sorteando como King Kong las barricadas naturales de las grandes ciudades. Mención aparte merece la campaña de marketing de esta película cuyos afiches promocionales se ‘customizaron’ según la ciudad de destino, que muestra al simio-alfa alzando el puño con la ciudad en llamas de fondo. En nuestro caso, nos tocó La Moneda en llamas, como si esto no hubiera pasado ya una vez.

Otro de los afiches incendiarios de la campaña, esta vez con la Plaza Italia de fondo. ¿No será mucho la coincidencia con el agitado 2011 en Chile?