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El espía sensible de la RDA

Jueves, Septiembre 6th, 2007

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Fotograma extraído del trailer disponible en la página: http://www.movie.de/filme/dlda/

Hace algunos días aparecieron en la prensa chilena las reacciones a la película “La vida de los otros” (Florian Henckel von Donnersmarck, 2006) por parte de algunos políticos de izquierda que habían estado exiliados en la RDA . Su decepción colectiva me hizo pensar que quizás la película era de un planfeto anti-comunista o una reivindicación facilista de la fórmula global de mercado.

Sin embargo, me encontré con una película excepcional, con una tensión psicológica y actuaciones sorprendentes, a pesar de lo depresiva que puede resultar a ratos. La ecuación del disidente interno en sistemas opresivos, que ocupa un cargo de confianza, en la línea de fuego, se ha visto contundenmente en el cine. Un ejemplo de ello es “La Lista de Schindler” en la que un empresario católico checo salva la vida de más de mil judíos durante el holocausto.

En este caso, un miembro de la Stasi (Policía de Seguridad Estatal de la ex Alemania socialista) a quien se le encomienda la misión de espiar al reconocido dramaturgo Georg Dreyman y la actriz Christa-Maria Sielandun, arriesga su puesto y su propia seguridad al cubrir una operación secreta de intelectuales liberales consistente en la publicación de artículos anti-sistema en el lado de Berlín occidental.

La conversión del capitán Gerd Wiesler (Ulrich Mühe, 1953-2007) es algo rápida, pero convincente. Estoiciscmo, disciplina, frialdad y racionalidad alemanas están presentes en el personaje de principio a fin. Sin embargo, es posible introducirse a través de estrechas ventanas que abre el actor en la melancolía que lleva a este espía a trabajar “para el otro lado” y conspirar contra un régimen que en los ochentas ya comenzaba a agrietarse por todos lados.

Comentario aparte merece la estética y ambientación de la película, de atmósfera pulcra, gamas ocres y celestes grisáceos de edificio estatal. La inexistencia de publicidad y la presencia de los objetos precisos y estrictamente necesarios que una persona necesita en un régimen socialista, en el que la clase media trabaja para un Estado tan protector como autoritario e inquisidor. Un estilo de vida que contrasta violentamente con la vida que llevamos hoy, de invasión mediática y complejidad simbólica, en la que la imagen misma se ha vuelto mercancía.

Si trabajara en Amazon te diría lo siguiente: “la persona que vio esta película debería ver también: Goodbye Lenin, la Lista de Schindler y Orwell 1984″.

Transformers, cariño por las máquinas

Miércoles, Julio 25th, 2007

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Foto: JHC. Juguete: Pedro Hernández, 1989

Aunque nunca fui fanático de los Transformers (a mi hermano menor le pegó mucho más fuerte la moda de los autobots), ayer me di de esos gustos personales y solitarios yendo a ver esta geek película. ¡Cómo dejar pasar la oportunidad de revisitar en la pantalla grande uno de los grandes animeé de los ochenta!

Primero que nada, resumo en pocas palabras el aspecto narrativo que pesa menos que el archivo txt de este artículo: el tímido estudiante de “college” que accidentalmente desencadena la trama, la chica guapa que se termina enganchando de él, el amigo fiel, el policía malo, los papás histriónicos, el amigo nerd.

Segundo, la parte software. Me encontré con un festín de efectos especiales de última generación, robots sofisticadísimos haciendo artes tecno-marciales, una rapidez increíble para cambiar de forma, mutar, adaptarse. Los Transformers no son seres tecnologizados, son la tecnología en sí misma, en un alto nivel de complejidad y que curiosamente han desarrollado sentimientos nobles y hasta compasión por la humanidad. Los Transformers son héroes de metal, son robots que surgen de artefactos que cotidianamente transitan por la retina humana tales como automóviles, aviones, radios, camiones. Se desplazan a máxima velocidad en su estado oruga, por las calles de la ciudad. Cuando deben combatir, renuevan su aspecto en una sucesión mágica de piezas que se expanden, se doblan, se afinan, se tuercen hasta conformar un gigantesco robot. Optimus Prime, el líder de los buenos, es el máximo guerrero mecánico. Los Transformers son hardware altamente flexible, orgánico, con una luz intensa en los ojos, como fina aura de leds. El ser artificial por excelencia.

Todas estas cualidades no son sino una imperdible invitación a encariñarse con los Transformers como si fueran mascotas, con un nivel espiritual latente, no humano, pero apto para una interactividad emocional. La única razón para ir a ver esta película es la oportunidad de apreciar la gestualidad de estas bestias metálicas en proyección de cine y no con look de Nintendo, que es lo que pasa con las tres nuevas películas de Star Wars, que cuando las pones en el televisor dan ganas de mover a los personajes y hacerlos pelear como uno quiera, perdiendo toda dignidad narrativa y adscribiéndose con creces al término “infantilización del cine”.

Paris, je t’aime

Domingo, Junio 17th, 2007

Juntar 18 historias en una película de una hora y media puede ser una fórmula riesgosa en cuanto a solidez dramática se refiere, especialmente en los tiempos de hoy, en los que el público no tiene por qué sentirse obligado a ver un conjunto de cortos de una sola vez si podría hacerlo en trozos en cualquiera de los dispositivos tecnológicos actuales. Cuando me decidí a ver Paris, je t’aime, “historias de amor desde la ciudad más romántica del mundo”, tenía ciertos prejuicios heredados de la sensación que me dejó Coffee and Cigarrettes, de Jim Jarmusch, que, aunque cool, me terminó aburriendo. Esto, porque finalmente, es un tipo de cine que entra por la ventana a la pantalla: muchas historias buenas no serán jamás superiores a una sola gran trama.

Sin embargo, debo decir que Paris, je t’aime me gustó justamente por cuidar bien el hilo conductor entre los nanometrajes, aún cuando armar la correcta secuencia puede haber tenido más la mano de un productor que la de un director. Personajes variados, distintos conceptos de lo que es amor, distintas Paris, distintas texturas, horas del día, etc., todas conectadas con una ciudad que se presenta tal cual es, y sin los clichés ligados a ella históricamente. En Paris, je t’aime se mezclan flechazos de amor con historias de parejas gastadas por el nihilismo europeo o inmigrantes con destinos fatales.

Finalmente, para quienes conocen París, se encontrarán con diversos rincones que devuelven las ganas de visitar la ciudad y encontrar los espacios que por tiempo, estrés de viajero o desinformación no fue posible registrar.

Nota: tuve que verla en el Parque Arauco en la noche, y sólo quedaba en la sala Showcase De Luxe a $4.200, con “asientos numerados”. Nadie me iluminó los pies cuando entré a la sala, terminé sentándome en cualquier asiento, que a pesar de ser cuero, no compensó el hecho que a la mitad de la película comenzaron a parpadear las luces de la salida de emergencia sin razón alguna. Señores gerentes comerciales, por favor, ¡no nos engañen con servicios que no funcionan!