Entre el 6 y el 13 de Marzo estuve en México, invitado al XXIII Festival Internacional de Cine en Guadalajara, uno de los puntos de encuentro más importantes de la industria del séptimo arte a nivel iberoamericano.
Luego de una labor de cinco meses a través de Internet desarrollando y diseñando el Sitio Web oficial del Festival, y sin conocer físicamente al equipo de trabajo que en Guadalajara trabajó en los contenidos, salí disparado en un cohete de AeroMexico a convertir los kilos de bits remezclados en todo este tiempo, en átomos.
Mucho trabajo, reuniones y buen cine, fueron la pauta de una semana cargada de asombro, desde ver la imagen de la Catrina del Festival, que tantas veces retoqué en Photoshop, convertida en gigantografía en distintas partes de la ciudad, hasta conocer personalmente al equipo del Festival, con quienes intercambié e-mails durante varios meses.
Una gran acogida y la sensación de haber estado en un Festival de los grandes fue lo que me traje a Chile. Sin duda de los mejores viajes de trabajo de mi vida.
También, me di el tiempo de escribir comentarios de las películas que vi:
Del edificio a la oficina, de la oficina al Transantiago, del Transantiago a la farmacia, de la farmacia a la teleserie, de la teleserie a la cama. Ese es el proyecto diseñado para Macul.
Siguiendo con el polisémico término de mi último artículo, Transformer, se me ocurre que este es posible aplicarlo a los cambios que está experimentando esta ciudad, especialmente en comunas de clase media como Macul, con la diferencia que estas mutaciones son irreversibles, al contrario de la ductilidad cibernética de los autobots.
Muchos ya habrán visto los cambios en Providencia y Ñuñoa en los últimos años, esto es, la construcción de edificios en altura (entre 10 y 20 pisos) como parte de una reingeniería urbana que parece tener escasa planificación. Pues bien, ahora a Macul, luego del freno que lograron los propios vecinos organizados de Ñuñoa, la especulación inmobiliaria se vino con todo. El lado más nostálgico de todo esto es obviamente el de tipo histórico- estético, es decir, el reemplazo de las viejas casas patrimoniales de estos barrios por edificios hechos en serie, con cuestionable valor agregado para la ciudad y con un concepto de vida propuesto bastante dudoso.
El hecho es que en Macul están construyendo edificios de un promedio de quince pisos en calles residenciales, no principales, que dibujan un escenario urbano absurdo si nos fijamos en el notable contraste entre las casas y sus vecinos gigantes. Todo esto en fase oruga, con publicidad invitando a vivir un nuevo estilo de vida, tranquilo, relajado, que suena a paradoja, a loop sin sentido si pensamos que lo que se intenta vender es el pasado y no el futuro del barrio.
¿Dónde están los parques que no se incluyen en esa gráfica de maqueta de los condominios? ¿Dónde están las plazas que deberían servir de punto de encuentro de los vecinos que vivirán en estos departamentos en altura? ¿Dónde está el cálculo de flujo vehicular que irrigará estas angostas calles? Por acá sólo se ven farmacias y locales tipo “Ok” en construcción. Del edificio a la oficina, de la oficina al Transantiago, del Transantiago a la farmacia, de la farmacia a la teleserie, de la teleserie a la cama. ¿Algún centro cultural? ¿Algún centro cívico que presente una alternativa a María José Quintanilla? No se ve nada por el estilo.
Es cierto que Santiago no puede seguir expandiéndose hacia los lados y que a estas alturas es mejor que crezca hacia arriba (en realidad lo realmente viable es que la ciudad no crezca más y que nos vayamos a regiones). Pero este crecimiento debería estar inscrito dentro de un programa urbano en el que a la ciudadanía se le considere como algo más complejo que una masa pro-sumer (productora y consumidora).
Un ejemplo más de la reactividad de Chile frente a sus temas, la falta de proactividad y prospectiva para pensar un futuro en comunidad. Estos edificios no son más que una prueba de la pauperización de los espacios en este país, y por ende, la laxitud de pensamiento de quienes toman decisiones y entregan los permisos a estas inmobiliarias sin escrúpulos y espíritu bananero.
Yo apoyo el Transantiago. Y aunque tiene debilidades evidentes, me esfuerzo por promover este proyecto que de verlo funcionar en su máximo potencial me llenaría de satisfacción. Chile hace tiempo que tenía una deuda en este tema. Hay un aspecto de autoestima colectiva que no podíamos ignorar. Cuántos malos ratos provocó el antiguo sistema de micros a todo el mundo, sobre todo el de la etapa de los buses amarillos. Porque al menos los antiguos, esos que parecían citronetas gigantes, con el motor adelante y decorados camp, eran estéticos y parte del paisaje icónico nacional.
No me gustó la cobertura de la televisión cuando el sistema fue lanzado. Me pareció demasiado denunciante, opinante y milenarista. Como si el caos total fuera a apoderarse de la ciudad, en circunstancias que el cambio cultural en esto es clave. Es decir, depende en gran parte de todos los habitantes de la ciudad. Hubiera esperado una televisión informativa, que orientara a los santiaguinos de los diversos aspectos del nuevo sistema, y que no se enfocara sólo en los desentendidos, pánicos y pormenores logísticos del cambio.
Tengo la esperanza de que esta vez el país no se autoboicotee y podamos por fin acceder a un sistema de movilización de estándar mundial, que funciona con dinero electrónico, puntualidad y eficiencia. Y que la pesadilla de las alcancías con ruedas, las carreras de verdaderos muros de fierro y el ruido ensordecedor quede en el olvido.