“Interstellar”, una película de astro-física del amor

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Cooper resuelve la misión con la ayuda de una meta-dimensión: el amor

A continuación, un ensayo-bonsái sobre una de las entregas más comentadas del año que se fue: Interstellar (Christopher Nolan, 2014). En los primeros veinte minutos de butaca, confieso que dudé del “boca a boca” alrededor de la película, la positiva prensa y la aprobación de los críticos. Recordé opiniones de algunos, aludiendo al 30% de tiempo extra que ocupa la historia, “muy larga y lenta, le habría quitado media hora sin problemas”, escuché por ahí. Pude, incluso, notar defectos visuales y ver los maqueteos de la naves espaciales como si una estética low tech se apoderara del film en su contra.

Ya cerca de los 30 minutos, encontré el rumbo hacia donde nos quiere llevar Nolan, de quien no podíamos esperar menos luego del espectáculo urbano-psíquico que tan bien armó en Inception. Con un argumento aparentemente simple (una expedición espacial con destino al primer planeta habitable que nos permitiese sobrevivir), Interstellar nos sumerge de a poco en una trama suficientemente científica como para entretener y filosofar a la vez (aunque siempre aparecen los detractores develadores de pseudo-ciencia que la invalida).

Salir de la Tierra hasta perder la gravedad ya es espectacular y gatilla en nuestro “cerebro de lagarto” una mezcla de ansiedad y misterio. De eso se ocupó Gravity (Alfonso Cuarón, 2013), que llevó la ciencia ficción hacia escenarios más realistas (aunque al poco Googlear encontraremos nuevos detractores que la despedazan en su fantasía). Viajar a la velocidad de la luz y explorar otras galaxias es un paso más allá aunque de esto hemos visto mucho, quizás demasiado de la mano de Star Trek y Star Wars que son más bien del género “juguete ficción”. Pero buscar planetas habitables pasando por un “agujero de gusano” con datos que son factibles para la prensa científica actual es claramente innovador desde el enfoque que le dio el director.

Antes del despegue, Nolan se toma tiempo para contextualizar la historia, triangular emocionalmente a Cooper (un aplaudido Matthew McConaughey) y graficar cómo a nuestra amenazada esfera celeste le queda poca paciencia para soportar tanto desgaste ecológico. Tormentas de arena que hacen crítica la agricultura, evidencian que en este guión habrá escasez de alimento para la continuidad de la especie. Solo el éxito de una expedición extremadamente compleja podría abrir la puerta para el “cambio de casa” y así mudarnos hacia un nuevo sistema solar donde podamos respirar y refundar nuestro hábitat cultural. Por esta razón, el momento en que se encienden los motores de propulsión marca el inicio de una apuesta técnica y metafísica radical por perpetuar la existencia humana. Quienes forman parte de la misión, llevan en sus espaldas una responsabilidad definitiva, pero también, como en otras historias de ciencia ficción, un conflicto logístico: no toda la verdad ha sido revelada a los tripulantes y ya es tarde para renunciar al viaje. Ya has hibernado, ya has cruzado distancias solares, y volver es más caro que continuar. Solo queda avanzar, a millones de años luz del globo, para resolver un juego de intrincado algoritmo espacial y psicológico.

En este punto, la película abunda en texto y dilemas técnicos que a ratos cuesta seguir. Comienzan a aparecer los clásicos planes A, B y C con los que supuestamente toda tripulación interestelar tiene que lidiar. El punto en el que ciencia, tecnología e ingeniería son estresados al máximo, pues en el infinito mar oscuro que es el universo, la arquitectura de posibilidades que los humanos pretenden anticipar queda reducida a un simple juego de niños. Aparecen los planetas de extrema geografía con olas gigantescas, súper rocas que solo veríamos en sueños y alteraciones de la gravedad que curvan el espacio-tiempo al punto que un día de expedición en un supuesto planeta habitable significó para uno de los astronautas 23 años de espera para volver a encontrarse con los demás. En esa soledad oceánica, estos científicos tienen que aferrarse a “la misión” y seguir como sea el protocolo técnico que lejos de ir resolviéndose se hace cada vez más complejo.

Pero lo anterior es poco en relación a una idea bastante inquietante como todo lo que investiga la astrofísica: podemos estar a años luz de la tierra, haber envejecido más lento que nuestros propios hijos, haber estado en un planeta donde minutos son años. Pero cuando estamos dentro un agujero negro viajamos dentro nuestra propia mente. Teóricamente, estamos en una realidad gravitacional donde se altera toda concepción física de nuestra sensorialidad humana. Es definitivamente un momento mítico. Es mítico que Cooper aguante y no se vuelva loco. Que pueda seguir tomando decisiones de piloto. Que pueda pensar dentro de una pesadilla. Que pueda conversar y seguir un protocolo junto a TARS, su leal robot. Que pueda seguir calculando coordenadas y entregar un código en Morse a través de cuerdas meta-dimensionales.

¿Suena parecido a lo que pasa al Dr. Dave Bowman en 2001 Odisea del Espacio cierto? La referencia es explícita , aunque el director intenta modernizar la experiencia visual del espectador en este tramo del viaje. Porque claro, en temas de mente y espacio, las distancias, los tiempos y la gravedad se desplazan a un nuevo plano. Nuestro héroe pasa de ser un astronauta que pilotea una nave, a un chamán en pleno trip para vencer el miedo. Lo vimos en la imaginería de Kubrick y lo apreciamos hoy, en la de Nolan (¿a modo de tributo?). En ambas, está la idea de que un viaje astro-físico, termina siendo un viaje endo-físico.

Pero en Interstellar hay un ingrediente adicional: nuestra conciencia es tan compleja como el universo y responde a fuerzas tan incomprensibles como el amor. Sí. Aunque suene “cursi”. En Interstellar la tesis del amor de padre a hija, o de Brand a Edmunds, es la llave para “salvar a la humanidad”. Más allá del guión comercial, podemos tomar en serio el recurso. Humberto Maturana se refiere a esta fuerza en su “Biología del Amor” en cuanto “el amor no es una cualidad o un don, sino que es un fenómeno relacional biológico”. Somos seres biológicos y culturales a la vez, dice el científico. Ese uno mismo en el agujero negro es lo que le permite a Cooper viajar dentro su propia mente – autopoiética si se quiere – hacia la realidad material donde su hija intenta dar con la fórmula que llevará a la civilización a nuevo puerto.

Cómo y hasta dónde llegó Cooper es una pregunta abierta. Cómo logró conectar con el librero de Murph, un imposible científico. Cómo consiguió traspasar data cuántica vía código morse, un supuesto arriesgado. Y cómo pudo Murph recibir y decodificar el mensaje, un salto evolutivo para la especie. Lo único que une el rompecabezas, sin embargo, es el hecho de que bajo las reglas de una “astro-física del amor” se abren puertas para responder algunas de las contradicciones del inconmesurable universo.

2 Respuestas a ““Interstellar”, una película de astro-física del amor

  1. Estoy de acuerdo con la mayoría de las cosas, pero creo que falto agregar la mezcla del sonido, pues más allá de si es bien o mal evaluada es un riesgo. Hay muchos silencios y partes del espacio sonoramente que aluden a 2001 odisea en el espacio. Lo del amor es muy cierto que es un conflicto potente para que el protagonista viaje. Lo que sí el final creo que deja mucho que desear y que resulta ser casi predecible.
    🙂 buen artículo!

  2. Gracias Eva. Es verdad lo de los silencios. Sobre el final, aquí es donde se ve la mano de los productores de Hollywood que podan en gran parte la creatividad de los directores. Por otro lado, uno podría conjeturar que todo lo que pasa dentro del agujero negro, desde ahí en adelante, es un sueño o algo así. Saludos! 🙂

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