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Breve reflexión sobre el Tiempo y los Nuevos Medios

Escrito en Barcelona, julio de 2006

El tiempo es un concepto abstracto que ha sido ampliamente tratado en la Filosofía, desde sus inicios. Intrínseco a nuestra existencia, no podemos mirar el fenómeno desde fuera. No podemos objetivarlo. Dentro de la escala de funciones ontológicas, ocupa junto al espacio un lugar elemental. Tiempo y espacio son dos variables que constituyen la conciencia humana.

El tiempo ha sido históricamente concebido como una medida para la organización social. Considerando la naturaleza orgánica del hombre, el hecho que exista el día y la noche, y todos sus estados intermedios (mañana y tarde), ha permitido a la civilización separar en fragmentos, el sentido de su actividad material y espiritual.

En las antiguas culturas, previas a la incorporación de la mecánica, la transición del tiempo era determinado por la naturaleza. Tanto la producción de alimentos como la dimensión social y mística iban al compás de la rotación de la tierra, que determina estadios de sombra y luz (dormir/vivir), fases lunares y estaciones climáticas bien definidas.

Avanzando en la Edad Media y luego con el Renacimiento, aparece el reloj mecánico.

Con la invención del reloj mecánico, el compás de la sociedad comienza a separarse de la naturaleza. Son los primeros albores de la racionalización del tiempo en una sociedad aún teológica. Más tarde, el reloj moderno, de la mano de la Revolución Industrial y su posterior reificación (el Taylorismo), representa la sumisión de las actividades humanas a un pulso mecánico, sin matices.

La Revolución Industrial y su plataforma ideológica, el Capitalismo, cambian radicalmente la noción de tiempo para la civilización. La productividad se genera ahora en un espacio autorreferente que no necesita de los ciclos de la naturaleza sino que sólo necesita de energía que alimente sus procesos autónomos. El significado del trabajo y el ocio no está ya en la sincronía hombre-naturaleza sino que lo está en la sincronía hombre-máquina. “El tiempo es dinero”, y por tanto, poder: cada unidad de tiempo equivale a una unidad de producción material en una cadena que no puede ser interrumpida. El ocio, por tanto, queda relegado a un tiempo opuesto al de productividad.

Jürgen Habermas se refiere al “desacoplamiento entre el sistema y el mundo de la vida” para referirse a este tipo de contradicciones. Se piensa en el Siglo XX como un período en que la ciencia y la tecnología avanzan consistemente, agudizando cada vez más la tensión entre los tiempos esenciales del hombre, y los tiempos imperativos para el sistema capitalista y su expansiva producción.

Sin embargo, a fines del Siglo XX / principios del Siglo XXI se comienza a escribir quizás el episodio más radical de este proceso con la aparición de Internet y los nuevos medios digitales. Pensemos en los medios como expresiones de un gran proceso global de aceleración de la producción. Desde la imprenta hasta la televisión, estos medios han visto la circulación de bienes materiales y simbólicos como sus grandes mercancías. Con Internet, se produce otra gran revolución, comparable a la Revolución Industrial: la revolución de la información. Este es el punto de partida para la difusión y expansión de bienes de otro tipo, los virtuales, que además de ser instantáneos permiten ser “customizados”, abriéndose nuevas formas de  concebir trabajo y ocio.

La sociedad actual (global, aunque el adjetivo ya no es necesario) goza hoy de una espectacular aceleración de su economía. La ampliación de los mercados ha creado en más o menos 20 años una vigorosa interrelación económica entre países. Se anticipa una nueva geografía de negocios con la entrada de China como protagonista del consumo mundial y  la consecuente reacción de los tradicionales polos de comercio como Estados Unidos y Europa. Las mareas de transferencia de bienes giran, se invierten, toman otros rumbos.

En este nuevo contexto, la complejidad entre sistema y mundo de la vida se agudiza. El tiempo de las personas respecto al tiempo del sistema de producción no se enajena: se enrarece. Ya no es posible hablar más de “separación”. Esta vez, los tiempos se hacen eclécticos. Los tiempos para el ocio, la productividad, la dimensión mística y la dimensión social se mezclan. Ya no hay un tiempo estrictamente determinado para cada actividad. Es parte de la condición posmoderna.

Internet, que muy resumidamente es una red instantánea y multidireccional de puentes de comunicación sirve fielmente a este nuevo orden civilizatorio. La bola de nieve derivada de la Revolución Industrial alcanza su grado máximo. La Red altera el concepto de espacio, y de paso, el concepto de tiempo. Existe una sensación en las personas de no poder contener la aceleración que le impone este sistema mundial. Recae en los individuos modernos la complejidad del mundo. Siempre estaremos en deuda con el sistema, siempre habrá información que debemos tener pero que no podemos procesar.

Pero la sociedad no es inconsciente. Ya no sirve mirar el fenómeno tiempo/cultura sólo a dos bandas. No hay un proceso de aceleración continuo con una percepción del tiempo fijo. No hay una rueda que avanza más rápido mientras la otra se mantiene constante. Con los nuevos medios se le otorga un poder a los individuos como salida de emergencia frente a la alienación del sistema. Se produce una tensión permanente.  Surgen conceptos híbridos como ocio productivo o trabajo.

En la sociedad industrial el control lo tienen los medios de producción. Es el capitalista quien libera un algoritmo de producción que funcionará al ritmo de las máquinas. En la sociedad post industrial el control sigue en los medios de producción pero éstos adquieren una dimensión compleja: son esta vez, no sólo físicos sino también virtuales y se retroalimentan de las acciones del sujeto posmoderno. La determinación del tiempo, por tanto, no está determinado simplemente por el sistema productivo. El tiempo es un juego y una constante tensión entre las necesidades de comunicación de los individuos y las necesidades de producción del sistema, aún cuando el panorama es claramente desigual.

Existe la ilusión en las personas de tener mayor control gracias a los nuevos medios, y por tanto un control de su tiempo. Las nuevas tecnologías de la comunicación y la información, con su creciente personalización e interactividad, nos ofrecen la posibilidad de administrar eficientemente nuestro tiempo. Gracias a ellos, definimos una agenda con sentido humano: horas para el trabajo, horas para el ocio y horas para el descanso. Sin embargo, los nuevos medios no son fijos y evolucionan a una velocidad que nos desafía a actualizar nuestro esquema de coordinación vital. Existe, por tanto, una visión ecléctica del tiempo. Más bien lo que pasa es que se mezclan los tiempos para el trabajo, el ocio y el descanso.