The Martian, Ridley Scott recargado

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“Starman” de David Bowie, irrumpe en el mejor momento de la película

¿Pulgares hacia arriba para Misión Rescate (The Martian)? Ver el trailer puede confundirte un poco. Ver cómo un director que dirigió la mejor distopía de todos los tiempos (Blade Runner) y que incluso se anotó el terror espacial más emblemático (Alien, el octavo pasajero), podía meter la pata una vez más como lo hizo con Prometheus, y quedar definitivamente en el olvido, era preocupante. Cómo no volver a ver algo bueno de la mano del inglés de Thelma y Louise. Esta vez lo hizo. En una apología al Nasa-thinking, a lo geek, a lo maker, a lo hacker, al self del rendimiento. Ver a uno de los personajes de Interstellar (Matt Damon como Dr. Mann) convertido en el botánico Mark Watney, abandonado en Marte, resolviendo dilemas de sobrevivencia a 60 millones de kilómetros de la Tierra, prometía continuidad fisonómica con lo mejor del cine estelar-realista de los últimos años (la estupenda Jessica Chastain es también parte del elenco). Una factura visual exquisita, ese filtro anaranjado que hizo parecer a las áridas montañas de Wadi Rum (Jordania) como el propio Marte. Aunque a ratos disonante con las repetidas gringadas propias del cine de misión espacial estadounidense (gritos de alegría desde la mesa de control de la NASA, esa explosión de felicidad post-estrés que nos han vendido desde que existe el género). Rescatemos que esta película se levanta sin agujeros de gusano y viajes chamánicos astrofísicos como los de Interestellar (riesgosa apuesta); ni enanos café de largo cuello que traen un mensaje encriptado para la humanidad; tampoco vacilaciones filosóficas de un náufrago de las estrellas; tampoco disparos láser que atraviesan titanio; robots de complejas emociones que generan una “relación” con el protagonista (2001, Odisea del Espacio; Moon); o paisajes humanos futuristas con tecnologías supersónicas y ropa de lycra impermeable. No. Es una película finalmente práctica. Casi nihilista, lo que no se nota con la música disco que a ratos acompaña. Nadie te observa allá. Estás ahí, solo tú y tu mente. Lo que tenemos es un astronauta científico intentando resolver el peor escenario posible y que se sirve de un ingente cóctel de neuronas hiper ágiles para aguantar una larga espera. Un tributo, sin duda, a lo que producen las mejores universidades del primer mundo y a la investigación aplicada del Siglo XXI.  Una oda al emprendimiento científico. Un mensaje claro también para decir que no es broma que tenemos que empezar a mirar al cielo si queremos perpetuarnos como especie. Y lo mejor de todo: un tema en el momento preciso, de un soñador de la carrera espacial, de los primeros trips del rock cósmico: Starman, del gran David Bowie. Mientras Watney prepara el escape final, luego de que Scott nos involucrara en la psicología de un personaje simpático, resiliente y porfiado. Con un optimismo a ratos agotador, pero que finalmente, convence.

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